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A María Serrano, por Alfredo Márquez

Maria

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De haber llevado bitácora hubiese leído: “Lunes 25 de enero del 2010, comienza la sexta y última semana de radioterapia. Están Hiro [Ajiki] y Tatsue en casa, Aurora [Suárez] se rompió un brazo y en dos semanas estarán listos los chawanes [tasas de té] para ser vidriados y horneados”.

Tenemos pocos pero intensos amigos en el Japón y Hiro es uno de ellos. Nos consideramos familia y hasta me acaba de ofrecer “adoptar” a mis dos hijos como propios. Hiro es artista-ceramista y crea objetos y tasas para ceremonia de té. María es maestra y ha hecho del té una parte integral de su vida, por mi parte, empecé hace pocos años y disfruto mucho deambular por el “Camino del Té”.

Por haber vivido tiempo en Tokio, María y yo nos hablamos mucho en Japonés, no por afectación sino porque hay palabras que dicen más que su equivalente en castellano. Algo así como la “saudade” del preciosísimo portugués que a mi me resulta intraducible. De hecho lo que le publiqué es tan poco traducible que estoy escribiendo este texto para explicar que le dije.

El viernes pasado fuimos a Cuernavaca, cerca de la Ciudad de México, a cumplir con el cometido de hacer al alimón (María y Hiro) unas tasas de té en el taller de Hugo Velázquez y Aurora Suárez con un poco de las cenizas del maestro Yamada que fue profesor de té de María durante nuestra estancia en Nueva York. Hiro hizo los chawanes y María los vidriaría. Ya Hugo y Aurora aceptaron que yo cumpla por María.

TallerHugo

El plan de visita de Hiro y Tatsue incluía un “chakai” (ceremonia de té festiva-colectiva) para amigos el domingo en casa, para lo que preparamos un espacio hasta entonces no utilizado en el tercer piso de casa, amplio, abierto y mirando siempre las copas de los árboles del vecino Parque México.

El espacio lucía apenas dibujado por un par de tatamis (esteras de arroz) y los utensilios. Reinando al frente de los tatamis, una hoja de casi dos metros de maguey. En la pared, adornaba un kakejiku (pergamino, pero vaya que no sirve la palabra en nuestro idioma, quizá scroll en inglés le pegue mejor) de María titulado “Pájaro” hecho con óxido y tinta oriental, enmarcado en negro.

Espacio

María había pasado mala noche de sábado a domingo, padecía dolores en todo el cuerpo y se sentía contracturada (sic), por lo que llamé a uno de sus doctores, quién recetó una ampolleta anestésica que la sacó avante. María disfrutó el chakai a tope.

Hiro agradeció la presencia de los invitados anunciando que la ceremonia no sería ni Urasenke ni Omotesenke (las dos principales escuelas de té) sino Maríasenke, con acentos personales no tradicionales. No hubo poder humano para que se estuviese quieta: subía, bajaba, se levantaba y al final, despedía a cada uno de los invitados en la puerta esperando dejarlos de mirar (así se les acompaña lo más posible en su salvo regreso) y llegó cansada y muy satisfecha a comentarlo conmigo y dormir.

Hiro

No durmió nada e inquieta y adolorida amaneció más pronto pidiendo que nos fuésemos a la sesión de radioterapia más temprano. Al final trataron de re-hidratarla y darle analgésicos pero le sobrevino un paro cardiaco que afortunadamente se acabó pronto sin prolongarle dolor o sufrimiento. Todo había acabado y sus últimas palabras fueron “ya no puedo más”. Me estrecho la mano y de pronto nos sacaron 20 o más médicos y enfermeras que nos pidieron dejar el espacio para intentar resucitarla en una vorágine de esfuerzo y máquinas extrañas.

Llegamos al tanatorio donde el maestro Higurashi le ofreció un té póstumo al que le siguió una misa al día siguiente que el Padre Julián Hernández de Gaceo, muy cercano al corazón de María, ofició para ella, familia y amigos.

Ahora explico …

Nichi yobi es domingo; wa, une sujeto y complemento; sugoi es fuerte; ichi go ichi e, adelante lo explico; deshita es el verbo ser en pasado, y arigato gozaimashita es gracias en pasado, que el Japonés nos brinda como una bella posibilidad de ser más exacto en la idea.

Ichi go ichi e es una frase-poema usada ahora en el té. Tuvo su origen en la época de los Samurais cuando se reunían la noche anterior a la batalla para tomar té, cenar y beber sake (un “chakai”). Los asistentes sabían que era muy probable que uno de ellos muriese al día siguiente y por ello el momento que vivían en ese chakai era único e irrepetible.

María nos brindó su último chakai y la frase que le escribí fue “Ichi go ichi e deshita”.

Arigato gozaimashita.

Alfredo

Maria

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